sábado, 11 de abril de 2020

María


María tiene las manos en carne viva, despellejadas de tanto producto químico que la intoxica a diario. Tiene un sinfín de moratones en las rodillas de estar agazapada, rascando suelos de ocho a seis mientras las camillas vuelan a su alrededor sin la menor consideración. Tiene a su familia esperándola en un piso alquilado de sesenta metros cuadrados. Y sus dos niños sollozan cada mañana cuando ella sale por la puerta de casa por miedo a que pueda contagiarse.

Cada noche ahoga gritos frustrados al verse envuelta en esta nueva situación tan exasperante. Y parece que nadie quiere hacer el esfuerzo de comprenderla. Ni ahora, ni nunca. Ella, que ha tenido que aguantar desde siempre las constantes miradas académicas de doctores, cirujanos y enfermeros, que no la consideran una igual, que no la consideran del gremio. Todo porque ella no se sacó una licenciatura de seis años. Porque a diferencia de otros, ella se vio obligada a ponerse a trabajar a los dieciocho porque su familia simplemente no tenía más dinero para salir hacia delante. Y ahora ni los medios son capaces de reconocer su valía.

María no gana ni unos míseros seis euros por hora, y en unos años "disfrutará" de una mísera paga de jubilación porque se pasó toda su vida subcontratada. Pero hoy, tanto el gobierno como la oposición la tildan de heroína porque es el mensaje perfecto para limpiar su imagen. Y suficiente tiene ella ya con limpiar el destrozo de otros día tras día.

María no quiere aplausos. María quiere que el día de mañana se la respete y se la valore por la importancia que conlleva un trabajo como el suyo. María es limpiadora, y a mucha honra.

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